Monte Javiérez

Monte Javiérez

Soy feliz aislado en el Monte Javiérez. El silencio, el olor a tierra húmeda, las voces del bosque, el ritmo de la lluvia tienen el encanto de un recuerdo primitivo.  Ermitaño, a 3.300 metros de altitud, he evocado y contemplado durante 70 días la mirada, la sonrisa y la voz de los rostros amados, de los amistosos, de los gratos y de los respetados, de aquellos que han acompañado mi andar desde aquella bella noche en que transité  por el canal vaginal de mi madre para entrar en esta dimensión del cosmos, en el Edén situado, no entre los ríos Tigris y Éufrates, sino entre los planetas Venus y Marte.

Evoqué las canciones de cuna, los senos, los arrullos y abrazos de mi madre, la hermosa sonrisa de mi padre. En este viaje al origen fui repasando la trenza de mi vida, sus aciertos, errores, satisfacciones, desilusiones, dolores y alegrías. He llorado poco y poco he odiado. He amado mucho. Siempre he sentido el cálido lazo que me une a la Vida Universal. En esta esplendorosa montaña escruté mi humanidad: mi cuerpo, mi rostro, mi voz. Cuidadosamente busqué mi alma; ¡el mismo e intenso trabajo de siempre! Vi florecer el amor y la amistad, la pasión por saber, y de qué manera estos sentimientos hicieron de mí una persona y me convirtieron en hombre, a semejanza de lo vivido por los míticos héroes sumerios Enkidu y Gilgamesh.

Hay personas inolvidables en mi vida: una vecina de mi niñez y su adorable hija, !que me regalaron el primer libro! Un jesuita, dos banqueros, un pastor adventista. Un médico, una monja, cinco amigos, y una tía abuela de 92 años que sufría de artrosis, tenía poca movilidad y deformados los dedos de las manos; sin embargo, tejía muchos encajes de bolillo para regalar a sus numerosas sobrinas. Mi esposa, nuestros tres hijos y yo siempre la visitábamos. Ofrecía vino de postre, galleticas y jugos. Y conversaba… La animaban sus reminiscencias de juventud, de viajes, de salud. Acerca de su soltería decía: «Quien vino no convino y quien convino no vino». Y terminaba alegremente afirmando «¡Yo soy feliz!»

Qué difícil es decirlo y darse cuenta de que se es feliz. Parece más aceptable contar espinas que contar rosas. Queremos cielos sin nubes grises, años sin inviernos. A veces, solo la nostalgia nos despierta para hacernos exclamar ¡Yo era feliz y no lo sabía! Ella fue mujer valiente, ruda a veces, ejemplo de entereza para nuestros hijos. Nuestro tesoro del arcoíris es la expresión «¡Yo soy feliz!».

Hay un lugar especial para la tía monjita. Un personaje simpático, generoso, amoroso, alegre. Un alma grande sostenía y circundaba su menudo cuerpo. Brillaban en ella muchas virtudes juntas: espiritualidad compasiva, voluntad vigorosa, bondad, persistencia. Maestra de piano y música, los utilizaba para evangelizar y llevar a sus alumnas a escoger sus propósitos de vida y fortalecer la voluntad para persistir en ellos. En cada colegio femenino de su comunidad católica organizaba grandes coros y elegantes tunas. Vivió 98 años. Y tuvo un funeral esplendoroso, lleno de monjas y de antiguas y jóvenes alumnas. 

¡Da gusto contemplar destinos como éstos! 

Atardece. Desde la cúspide del Monte Javiérez me despido del milagro del Sol lejano que nos rige. La tarde se viste de arcoíris. Un vientecillo frío se cuela por entre mi crecida barba y hace ondear flores multicolores y verdes árboles y arbustos. El rumor del río, los cantos y gorgeos de aves, las voces de los animales del bosque se unen cual compases finales de una bella sinfonía. El día ha terminado. 

El panorama está completo. Fuego, aire, música, tierra, agua y alma. La noche abre su espectáculo, ahí esta el círculo radiante de la noche. Luz de Luna, luz de estrellas. El ritmo de la Vida. Vivimos en un cosmos cuya inteligencia se percibe en cada ser: «En Dios vivimos, nos movemos y existimos», escribió Epiménides de Creta, seiscientos años antes de Cristo. 

Ya tengo la edad de Zoroastro y el horizonte se angosta. Hoy, en mi familia soy quien primero conoció la luz del Sol y quien primero acarició la Tierra con sus pies. Pienso que cuando termine mi experiencia humana y regrese a la dimensión de donde vine, sentiré nostalgia de este Monte Javiérez y del paisaje de este mundo. Nostalgia de las personas amadas, de su compañía, de mis compañeros de camino. Nostalgia del amor y de la amistad humanas. Pero volaré más sabio, más amoroso, llena el alma de gratitud por la experiencia de haber sido uno más de los obreros de la Tierra; de aquella Tierra situada entre Marte y Venus. 

¡Yo soy feliz!

Esta entrada tiene 9 comentarios

  1. Claudia

    A contar más rosas, gracias a la bella inspiración que nos das! Gracias!!!!

    1. Ana Cristina

      Que fino y bello relato.toco mi corazón..me encanto.
      Ana Cristina

  2. Javier

    Hermoso mensaje del abuelito, me temblaba la voz cuando se lo estaba leyendo a Ricky.

  3. Luz Marcela Saldaña C

    Johana, gracias mil por compartir este «Tesoro» que entre poesía e historia , entre descripción y vivencias, nos lleva de la mano de una manera «Esplendida»… GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS !!

  4. Cos

    Divino el impecable relato del abuelo en cuarentena!!!!! Bello lugar el Monte Javierez!!!! Sabías palabras de la evolución del espíritu: En abuelo poco a poco cuidadosamente buscó su alma a lo largo de su existencia en la tierra!!!
    Un buen consejo para encontrar el alma contando rosas… e ignorando las espinas!!!!! Gracias Joha por este relato!!!! Hermoso!!!!!!

  5. Fer

    Que espléndido relato…..del verdadero viaje por la vida. Nos hace llenar de felicidad su recorrido y descripción. Qué alegría ver…cuanto nos falta por aprender y entender de ese maravilloso y envidiable lugar geográfico…»Monte Javierez». Gracias….ejemplo…Guía…Mentor…….»ABUELO»cada vez entiendo más es bella palabra….gracias……por esa mano que nos muestra el camino y ese feliz encanto de vivir.

  6. HELENA ORDOÑEZ

    GRACIASSSSPROFUNDO RELATO¡¡ OARA COMPRENDER LA ESENVIA DIVINA DE LA VIDA¡¡ABRAZOS¡¡¡

  7. Ana María Peña

    Lindisimo relato de ese Gran Abuelo y Padre. Siempre es un placer leer algo del Sr Henry

  8. MELQUICEDET RUIZ

    ¡Que hermoso relato del don maravilloso de la vida!. Vivir con plenitud es arrojar de la mochila de nuestra existencia, el odio, las venganzas y reconocer el don de la vida en el otro. Melquisedec

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